sábado, 19 de diciembre de 2015

1912

Menadel temblaba incontrolablemente, cada centímetro de su ser estaba inyectado de adrenalina. Su némesis estaba como un pequeño ciervo, acorralado, con los ojos muy abiertos, apunto de desbordarse.
La locura en el corazón y la mente de Menadel estaba aumentando, perdiendo el control que bien había logrado cimentar durante todos los años anteriores a que la muerte explotara sobre el mundo.
Su venganza se estaba materializando por fin, la sangre de su enemigo se derramaba sobre la tierra, sobre las paredes de concreto que la aprisionaban y sobre el único tesoro que poseía en este mundo corroído.

Menadel se acercó lentamente, las contracciones sobre todos sus músculos le dificultaban caminar, estaba demasiado emocionada y llena de locura y sed de sufrimiento que le costaba concentrarse en los llantos de su hermana.
Le quitó el pequeño corazón que abraza a su pecho, y ahora se encontraba en sus manos; quitó la sangre que tenía el infante en el rostro, éste dormía tranquilamente.
-Hola, mucho gusto- Menadel le acarició el rostro y volteó a ver a la madre,
se hincó frente a ella, quien miraba con dolor a quién ya no yacía en sus brazos
-Mírame, maldita- Menadel libró una mano, le tomó el mentón e hizo que la mirara.
-¿Sabes por qué hago esto? ¿Recuerdas? Pasó hace tanto... Pero yo todavía lo recuerdo...- Menadel hablaba con tanta dulzura, como si le hablara a un niño, 
-Tan bien lo recuerdo que ahora te cobro lo que me arrebaste..- Hizo una pausa y se paró, cambiando su semblante a uno totalmente inexpresivo.
-Me voy a llevar a tu hija, ya que no eres capaz de cuidarla ahora...
Ahora será mía. Y la criaré para que te odie. Te quitaré lo único que es realmente tuyo en esta vida.-

Menadel se dio vuelta y comenzó a caminar, su hermana quiso decir algo pero no lo hizo, quiso moverse pero no lo hizo, lloró pero sin emitir sonido alguno.
Cada paso que la mujer daba con la niña en brazos, dejaba atrás las cadenas que le habían atrapado mucho tiempo, los grilletes de odio se soltaron y la liberaban.. Comenzó a llorar, las gotas cayeron sobre el rostro de la pequeña y la despertaron, la niña la miró y limpió sus lagrimas, Menadel sonrió y le dio un beso en la frente.
La niña se dispuso a dormir y Menadel continuó caminando, ambas desaparecieron en la penumbra de un bosque frondoso.

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